Un estudio de la Universitat Politècnica de València muestra que la aplicación temprana de 2,4-D reduce hasta un 70% el rajado en cítricos, mejorando así la cosecha y rentabilidad del sector.
Un equipo de investigadores del Instituto Agroforestal Mediterráneo de la Universitat Politècnica de València (UPV) ha hecho un hallazgo significativo en el ámbito agrícola: la aplicación temprana de una hormona vegetal, conocida como 2,4-D, puede reducir drásticamente el rajado de los frutos en cítricos, un problema que afecta gravemente a la economía del sector a nivel global. Este avance se basa en estudios pioneros realizados en los años 90 por el investigador Manuel Agustí, y ahora se complementa con una explicación detallada del mecanismo de acción que respalda esta técnica.
El rajado de los frutos ocurre cuando la pulpa crece más rápidamente que la piel, un fenómeno común tras las primeras lluvias del otoño. Si la corteza no se expande al mismo ritmo, termina agrietándose, lo que puede resultar en pérdidas de hasta el 40% de la cosecha en variedades como las mandarinas ‘Nova’ y algunas naranjas ‘Navel’. Según Carlos Mesejo, uno de los investigadores involucrados, “las naranjas y mandarinas pueden parecer resistentes, pero aquellas con piel fina son muy vulnerables al rajado”. Esto implica que muchos frutos dañados no pueden ser comercializados, generando importantes pérdidas económicas para los agricultores cada año.
El estudio realizado en plantaciones comerciales de mandarinas ‘Nova’ en la Comunitat Valenciana ha demostrado que la aplicación del ácido 2,4-diclorofenoxiacético (2,4-D), en su nueva formulación sal dimetilamina, durante una fase crítica del desarrollo del fruto —cuando inicia la expansión celular— puede reducir el rajado hasta un impresionante 70%. Lo notable es que este tratamiento no afecta ni al tamaño ni a la calidad del fruto. Además, esta reducción en el número de frutos dañados se traduce directamente en un aumento significativo del rendimiento final de la cosecha.
Mesejo explica que “el secreto radica en reforzar la piel desde dentro”. Gracias a este tratamiento, las células de la corteza se vuelven más grandes y flexibles, con paredes más gruesas. Esto permite que la piel se estire adecuadamente a medida que el fruto crece sin romperse. La clave está en aplicar 2,4-D justo cuando el fruto comienza su fase lineal de crecimiento; incluso una sola aplicación puede producir resultados notables.
Una ventaja adicional de esta nueva formulación es que no requiere grandes cantidades para ser efectiva. Mesejo aclara: “No se trata de usar más producto, sino de aplicarlo en el momento preciso”. En algunos casos documentados, se observó una reducción casi a la mitad de los frutos dañados con un único tratamiento puntual. Esta estrategia no solo promete mejorar los rendimientos agrícolas sino también contribuir a una producción más sostenible.
Los hallazgos han sido publicados recientemente en el Journal of Agriculture and Food Research, destacando su relevancia para agricultores y expertos del sector.