Mickaël Bouffard, director del Théâtre Molière Sorbonne, explora cómo la inteligencia artificial puede colaborar en la creación teatral, destacando su rol como herramienta que requiere intervención humana para lograr resultados artísticos significativos.
Mickaël Bouffard, director del Teatro Molière Sorbonne, explora el potencial de la inteligencia artificial (IA) en la creación teatral. En una reciente entrevista, reflexionó sobre su experiencia al integrar esta tecnología en la escritura de una obra inspirada en Molière. Este proyecto no solo plantea interrogantes sobre el proceso creativo, sino también sobre el rol del autor en la era digital.
La idea de incorporar la inteligencia artificial surgió del deseo de colaborar con el colectivo artístico Obvious. Según Bouffard, Pierre-Marie Chauvin, vicepresidente de Artes, Ciencias, Cultura y Sociedad en Sorbonne Université, propuso combinar la IA con un objeto patrimonial significativo. El Teatro Molière Sorbonne busca revivir prácticas teatrales que han caído en desuso.
A medida que avanzaba el proyecto, se hizo evidente que no se trataba simplemente de crear un pastiche de Molière. La tecnología actual aún no permite generar obras coherentes y sutiles por sí sola. Así, decidieron adoptar un enfoque ucrónico: imaginar lo que Molière habría escrito si hubiera vivido más tiempo y simular su proceso creativo mediante ordenador.
Inicialmente, las reuniones se realizaban físicamente para discutir y ajustar las propuestas en tiempo real. Con el tiempo, el equipo comenzó a trabajar a distancia, compartiendo documentos y versiones sucesivas del texto. Coraline Renaux, doctorante y actriz del grupo, aportó contenido y referencias mientras que el equipo de Obvious transformó estos elementos en indicaciones efectivas para la IA.
A pesar de los avances, surgieron desafíos significativos. Uno de los principales problemas fue lidiar con los sesgos inherentes a los modelos de IA. Por ejemplo, mientras que Molière solía desenmascarar a los impostores en sus obras, la IA tendía a proponer finales reconciliatorios. Esto obligó al equipo a intervenir frecuentemente para corregir estas desviaciones.
A pesar de las dificultades, Bouffard destacó que la IA también ofreció soluciones creativas sorprendentes. En una instancia particular, propuso un cumplido ingenioso que capturaba perfectamente los códigos del siglo XVII. Gracias al corpus proporcionado —que incluía obras completas de Molière— la IA logró generar formulaciones cercanas al estilo original del dramaturgo.
Los actores involucrados también jugaron un papel crucial al identificar problemas en el texto que podían afectar su fluidez oral. Esto llevó a revisiones significativas para asegurar que las réplicas fueran claras y efectivas en escena.
Bouffard concluyó que este proyecto no alteró su percepción sobre el papel del autor; más bien le permitió comprender mejor las dificultades enfrentadas por dramaturgos como Molière. Aunque inicialmente pensaba que la IA podría ser autora por sí misma, se dio cuenta de que necesita dirección humana para ser efectiva.
En cuanto a la recepción del público, Bouffard expresó su alivio al ver que los espectadores rieron tanto como lo harían con una obra auténtica de Molière. A pesar de las preocupaciones iniciales sobre cómo sería recibida esta innovadora propuesta teatral —especialmente dada la polarización actual respecto a la IA— las críticas han sido mayoritariamente positivas desde diversos rincones del mundo.
Al principio, trabajaron juntos en la misma sala, discutiendo y ajustando las propuestas en tiempo real. A medida que avanzaba el proyecto, comenzaron a trabajar de forma remota, compartiendo documentos y versiones sucesivas del texto.
Una dificultad fue lidiar con los sesgos integrados en los modelos de IA, como filtros morales que influían en las narrativas. Además, aprendieron que debían guiar a la IA sin forzarla a producir ideas específicas.
La IA propuso soluciones dramáticas sorprendentes que no habían considerado. Por ejemplo, ayudó a resolver incoherencias entre escenas sugiriendo cumplidos que seguían los códigos del siglo XVII de manera paródica.
El proyecto permitió una mejor comprensión de los desafíos enfrentados por dramaturgos como Molière. La experiencia mostró que, aunque la IA puede ayudar, nunca reemplaza al autor; más bien redefine su rol al requerir creatividad humana para resolver problemas.