Un estudio del CSIC revela que el crustáceo Artemia franciscana puede digerir microplásticos biodegradables, obteniendo energía y mostrando efectos fisiológicos complejos, lo que plantea nuevas preocupaciones sobre su impacto ambiental.
Un estudio reciente, llevado a cabo por el Instituto de Acuicultura Torre de la Sal (IATS) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha revelado que ciertos crustáceos pueden obtener energía de microplásticos biodegradables. En particular, la investigación se centra en la respuesta del diminuto crustáceo Artemia franciscana, esencial para los ecosistemas hipersalinos, ante los microplásticos de polihidroxibutirato-co-valerato (PHBV).
Estos biopolímeros son producidos por bacterias y se descomponen en el medioambiente, lo que los convierte en una alternativa más sostenible frente a los plásticos convencionales. El hallazgo fue publicado en la revista Marine Pollution Bulletin, donde se evidencia que estos microplásticos pueden ser digeridos por Artemia franciscana, promoviendo su crecimiento y generando cambios significativos en su fisiología.
El estudio proporciona información valiosa sobre el impacto ambiental de los plásticos biodegradables. El equipo de investigación, que incluye a la Universitat Jaume I (UJI), el Instituto Argentino de Oceanografía y el Instituto de Ciencias Biológicas y Biomédicas del Sur, ambos del CONICET, ha demostrado que los microplásticos PHBV inducen respuestas fisiológicas complejas en Artemia franciscana.
La Artemia es un género de crustáceos filtradores que se alimentan del fitoplancton presente en ecosistemas hipersalinos, como lagos salados o salinas costeras, donde también sirven como alimento para flamencos y gaviotas. Además, son utilizados como alimento en las primeras etapas de peces y crustáceos en acuicultura, convirtiéndose en un modelo ideal para estudios sobre redes tróficas y ecotoxicología.
A pesar de las expectativas iniciales, la exposición a estas partículas no resultó letal; de hecho, en algunos casos se observó un estímulo en el crecimiento de los organismos. Sin embargo, este beneficio aparente tiene sus contrapartes: las partículas ingeridas alteraron la estructura celular intestinal y modificaron el perfil de ácidos grasos de los animales. A diferencia de los microplásticos convencionales, que suelen aumentar el estrés oxidativo, los PHBV demostraron reducirlo.
Inmaculada Varó, científica del CSIC e investigadora principal del estudio, subraya la importancia de estos hallazgos: “Nos indican que la biodegradabilidad no es sinónimo de inocuidad. Un material puede bioasimilarse e interactuar con los organismos de maneras profundas que debemos comprender para evaluar su verdadero riesgo ecológico”.
El estudio combinó diversas técnicas científicas, incluyendo biología, histología y química de lípidos. Durante dos semanas, se expuso al crustáceo a diferentes concentraciones de microplásticos PHBV en varias etapas de su vida. La microscopía electrónica permitió observar cómo las partículas recuperadas de las heces habían cambiado su superficie, evidenciando que una parte significativa había sido efectivamente digerida por Artemia franciscana.
Natalia Buzzi, investigadora del Instituto Argentino de Oceanografía (IADO-CONICET) y coordinadora del estudio, destaca: “Este trabajo pone en relieve las diferencias ambientales entre los microplásticos PHBV y los convencionales. También resalta la necesidad urgente de evaluar con mayor profundidad el ciclo completo de vida de los bioplásticos para contribuir a un debate global más informado sobre la contaminación plástica en nuestros ecosistemas acuáticos”.