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El fútbol rehén del negocio: piratería digital, precios abusivos y la soberbia de LaLiga
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(Foto: Imagen generada por inteligencia artificial - Cibeles AI)

El fútbol rehén del negocio: piratería digital, precios abusivos y la soberbia de LaLiga

Por Álvaro Gómez Tornero
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alvarogomeztornerogmailcom/18/18/24
miércoles 21 de enero de 2026, 12:54h

La piratería del fútbol en directo no surge en el vacío ni se sostiene sola. Se alimenta de intermediarios tecnológicos que miran hacia otro lado, de plataformas legales con precios prohibitivos y de una gestión del conflicto más basada en la intimidación que en la autocrítica. El resultado es un ecosistema roto, donde todos pierden… salvo algunos.

La lucha contra la piratería audiovisual en el fútbol español suele presentarse como un relato simple: usuarios desleales que roban contenidos y una industria víctima que defiende lo suyo. Sin embargo, el análisis detallado de cómo operan las retransmisiones ilegales —especialmente a través de infraestructuras como Cloudflare— revela una realidad mucho más incómoda, en la que también existen responsabilidades compartidas y errores estratégicos flagrantes.

Cloudflare, uno de los grandes proveedores mundiales de infraestructura de Internet, aparece en el centro del problema. Tal y como expone el documento que analiza su papel en las retransmisiones ilegales de fútbol, la compañía no se limita a ser un actor neutral. Sus servicios de CDN, proxy y anonimización permiten que webs pirata oculten el origen real de sus servidores, mezclándose con dominios legítimos bajo las mismas direcciones IP. Este “escudo digital” hace prácticamente imposible actuar contra una retransmisión ilegal sin la colaboración activa del intermediario tecnológico.

El modelo es tan sencillo como perverso: a más espectadores ilegales, más tráfico; a más tráfico, más ingresos por servicios de red. La piratería se convierte así no solo en un problema tolerado, sino en un fenómeno indirectamente rentable. No es casualidad que países como Italia, Francia o Alemania hayan llevado a Cloudflare ante los tribunales, ni que la justicia italiana haya impuesto una sanción histórica de más de 14 millones de euros por su inacción frente a contenidos pirateados.

Pero sería un error reducir el debate a un villano tecnológico. La otra gran pregunta que muchos aficionados se hacen —y que la industria evita responder— es por qué la piratería sigue creciendo pese a la oferta legal existente. En España, ver fútbol de forma legal implica contratar paquetes cerrados, escasamente flexibles y con precios que superan con facilidad los 100 euros mensuales. Movistar Plus+ y DAZN, principales titulares de derechos, ofrecen productos de alta calidad técnica, pero alejados del bolsillo medio y sin alternativas modulares reales.

Cuando el acceso legal se percibe como un lujo, la tentación de buscar atajos aumenta. No justifica el delito, pero sí lo explica. La piratería no es solo una cuestión moral o policial; es también un síntoma de un mercado mal diseñado, más preocupado por maximizar ingresos a corto plazo que por construir una base sostenible de aficionados.

En este contexto, la actitud de la presidencia de LaLiga tampoco ayuda. La retórica agresiva, las amenazas públicas y el tono de superioridad con el que se responde tanto a intermediarios tecnológicos como a usuarios y empresas afectadas transmiten una imagen de chulería institucional que erosiona la legitimidad del mensaje antipiratería. Defender los derechos audiovisuales es necesario; hacerlo desde la arrogancia y sin autocrítica es contraproducente.

Resulta especialmente revelador que otros gigantes tecnológicos, con capacidades similares a Cloudflare —como Akamai, Google o Amazon— sí colaboren activamente en la retirada rápida de contenidos ilegales cuando son notificados. La diferencia no es técnica, sino de voluntad y de modelo de responsabilidad.

El fútbol profesional se enfrenta a un dilema que no se resolverá solo con bloqueos masivos ni con discursos incendiarios. Combatir la piratería exige corresponsabilidad: intermediarios tecnológicos que actúen, plataformas que revisen sus precios y modelos de acceso, y dirigentes que sustituyan la soberbia por una estrategia inteligente. De lo contrario, el problema seguirá creciendo, alimentado por todos aquellos que, de una u otra forma, se benefician del caos.

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