Un grupo de trece estudiantes de diversas disciplinas en la Universidad de los Andes ha unido fuerzas para desarrollar un innovador vehículo robótico diseñado para llevar a cabo misiones espaciales. Este esfuerzo no solo representa un avance en el ámbito interespacial, sino que también busca ofrecer soluciones a problemas concretos en la Tierra, además de forjar amistades duraderas entre sus integrantes.
Los líderes del proyecto son Felipe Ruiz, estudiante de doble programa en Ingeniería Mecánica e Ingeniería Electrónica, y Nicolás Correal, quien también cursa Electrónica. Ambos se conocieron a través de ROBOCOL, una iniciativa estudiantil enfocada en la robótica aplicada y el trabajo colaborativo interdisciplinario.
Una competencia de otro planeta
El equipo está compuesto por diseñadores, geólogos e ingenieros, todos trabajando hacia un mismo objetivo. El escenario elegido fue la Estación de Investigación del Desierto de Marte, ubicada en Hanksville, Utah.
Participaron en el University Rover Challenge 2025 (URC), una competencia internacional organizada por la Mars Society. Este evento desafía a estudiantes de todo el mundo a crear rovers que puedan enfrentar situaciones similares a las que encontrarían en una misión real a Marte. Las exigencias eran altas: los robots debían navegar autónomamente por terrenos difíciles, manipular objetos con precisión y realizar tareas científicas bajo condiciones simuladas de exploración espacial. De más de cien postulaciones, solo los mejores lograron llegar a la ronda final.
La fuerza de la amistad
El rover fue mayormente construido en los laboratorios de la Universidad de los Andes. “Solo unas pocas piezas fueron fabricadas externamente. Todo lo demás, desde el diseño hasta el ensamblaje final, se realizó aquí”, comenta Felipe. Los primeros prototipos fueron impresos en 3D, y conforme avanzaba el diseño, se incorporaron componentes mecanizados en aluminio. El proceso fue iterativo y lleno de aprendizajes: “Los motores pasaron por al menos 20 versiones”, recuerda Nicolás.
Ceres, como decidieron llamar al proyecto, destaca por su enfoque interdisciplinario. Estudiantes de ingeniería electrónica, mecánica y sistemas colaboraron con diseñadores y geocientíficos. “Es como una pequeña empresa; no solo fabricamos un producto, sino que también gestionamos patrocinios y organizamos logística”, explica Felipe.
Cada disciplina aportó su visión: los diseñadores trabajaron en la imagen del rover; los ingenieros mecánicos se encargaron de la estructura; los electrónicos desarrollaron sensores y sistemas de comunicación; mientras que los geocientíficos analizaron el terreno simulado buscando condiciones para la vida.
Detrás del éxito del proyecto hay una red poderosa: la amistad. Trabajar juntos les permitió ver las cosas desde diferentes perspectivas. “A veces uno se bloquea, pero la creatividad del otro te impulsa”, afirman. La conexión entre ellos va más allá del laboratorio; han compartido intereses personales y momentos fuera del trabajo, creando vínculos que perdurarán.
A pesar de haber logrado el puesto 21 este año, consideran su participación un gran triunfo. Para ser su primera experiencia con este rover, alcanzar Utah ya fue una victoria significativa.” La posición obtenida añade un valor especial al esfuerzo realizado”, concluye Felipe.
Aunque inicialmente concebido para la competencia, el diseño del robot tiene aplicaciones más amplias. Gracias a su sistema de suspensión activa y su capacidad adaptativa, el equipo planea utilizarlo en agricultura de precisión, desminado y operaciones de rescate entre otros procesos automatizados.