El álbum familiar ha dejado de estar en un cajón. Ahora viaja por servidores, grupos de mensajería y redes sociales sobre los que las familias pierden el control en el mismo instante en que pulsan «publicar». Una encuesta de Kaspersky, realizada en España en 2026 entre 1.000 personas con perfiles parentales y familiares, dibuja un escenario inquietante: el 47% admite haber compartido imágenes de menores y el 55,5% lo hace mostrando claramente su rostro.
La contradicción resulta demoledora.
El 86,7% de los padres teme que las fotografías de sus hijos terminen en manos de terceros, pero casi la mitad continúa exponiéndolos. La preocupación existe; la prudencia, no siempre.
Y cada imagen aparentemente inocente —un niño en una piscina, en un campamento o delante de un hotel— puede revelar ubicaciones, rutinas, horarios, vestimenta y hábitos familiares. Son pequeños fragmentos de información que, unidos, construyen un mapa de la vida del menor.
El verano agrava el problema. Durante las vacaciones aumenta el tiempo compartido, se multiplican los viajes y también crece la necesidad de demostrar públicamente que se está disfrutando. WhatsApp es el principal canal utilizado por las familias españolas para difundir estos contenidos, con un 48,9%, seguido de Facebook, con un 24,5%, e Instagram, con un 22,8%. El gesto se justifica como una forma de acercarse a familiares y amigos o conservar recuerdos, pero el resultado es una huella digital creada por adultos para niños que todavía no pueden comprenderla ni consentirla.
La infancia más temprana es, paradójicamente, la más expuesta. El 65,3% de las publicaciones se concentra entre los cero y los siete años. Antes de aprender a leer, muchos menores ya tienen una biografía digital completa: cumpleaños, viajes, colegio, lugares habituales y escenas íntimas de su crecimiento. El día de mañana podrán borrar una cuenta, pero no todas las copias, capturas o reenvíos que hayan escapado del círculo familiar.
Los propios padres conocen las amenazas. Un 64,7% teme que ciberdelincuentes utilicen las imágenes con fines comerciales o ilícitos; el 52,7% teme dañar la privacidad y la reputación futura del menor, y la mitad señala el riesgo de acoso escolar. El problema no está escondido: está delante de todos, normalizado en la pantalla y alimentado a diario por quienes deberían actuar como primera barrera de protección.
El abogado Sergio Maldonado recuerda que los menores conservan derechos propios a la intimidad y a la imagen, incluso frente a las decisiones de sus representantes legales. La esfera doméstica no convierte Internet en un espacio privado. Publicar desde casa no significa controlar el destino de lo publicado.
Kaspersky recomienda perfiles estrictamente privados, revisar seguidores, utilizar grupos cerrados, ocultar el rostro y evitar cualquier referencia al colegio, los horarios o los planes familiares. Son medidas básicas frente a una amenaza que crece con cada fotografía. Porque el recuerdo que hoy busca unos cuantos «me gusta» puede transformarse mañana en una exposición irreversible. Y entonces será demasiado tarde para devolver al menor la intimidad que nunca eligió perder.