En España vivimos la PAU casi como una carrera contrarreloj. ¿Estamos empujando a los jóvenes a elegir universidad demasiado pronto y con demasiada presión?
Absolutamente. Hemos convertido el mes de junio en un auténtico "embudo emocional" donde parece que los jóvenes se juegan toda su vida en apenas una semana. Esta urgencia social los obliga a tomar decisiones precipitadas, eligiendo grados por inercia, proximidad o simple prestigio, en lugar de hacerlo desde la vocación o la madurez real. El resultado de esta presión es preocupante ya que estamos enviando a las aulas universitarias a alumnos agotados mentalmente antes de empezar, lo que dispara el riesgo de frustración y abandono en el primer año. Desde International High School Fair (IHSF) vemos en nuestras ferias en distintas ciudades de España cómo las familias demandan un espacio de calma para analizar las opciones con perspectiva y no bajo el dictado de la prisa.
Se habla cada vez más de la “pausa estratégica” antes de empezar la universidad. ¿Qué significa exactamente y por qué no deberíamos confundirla con perder un año?
Una pausa estratégica es, ante todo, un filtro de seguridad y un acelerador de madurez y resiliencia, nunca una interrupción vacía. Significa detenerse a mirar el mapa antes de escoger el camino. No es quedarse en el sofá, es estructurar un tiempo para adquirir competencias que el aula tradicional no ofrece, como dominar un idioma en inmersión total, hacer un voluntariado o ganar experiencia vital en el extranjero. El verdadero fracaso o "año perdido" no es parar para encontrarse, es invertir cuatro años de energía y dinero en una carrera que no se desea, solo por el miedo a no seguir la corriente.
En países como Estados Unidos, Reino Unido o el norte de Europa, parar antes de la universidad está más normalizado. ¿Qué nos falta en España para entender esa etapa como una inversión en madurez?
Nos falta un cambio profundo de mentalidad. En la cultura anglosajona y en el norte de Europa la educación se concibe como un proceso de maduración vital de fondo. En España, lamentablemente, aún predomina la visión de que la formación es una carrera de obstáculos lineal donde la velocidad se premia por encima de la dirección. Países como Alemania o Dinamarca tienen integrados los "años de orientación" porque saben que un alumno que sale de su zona de confort regresa al campus con una determinación e inteligencia práctica infinitamente mayores. Incluso instituciones educativas de referencia global como la Universidad de Harvard plantean a sus alumnos la posibilidad de posponer su entrada para ganar perspectiva. No se trata de fomentar la inactividad, sino de entender que, para algunos perfiles, el desarrollo personal no siempre va al mismo ritmo que el calendario escolar.
Muchas familias temen que si su hijo no entra directamente en la universidad “se descuelgue”. ¿Qué les diría a esos padres que ven el gap year o una experiencia internacional como un riesgo?
Lo primero que les diría es que hablen con sus hijos. Que les pregunten qué quieren hacer realmente y cómo se van a sentir realizados. Hay diferentes caminos para llegar a la meta y lo último que necesitan es sentir también la presión en sus casas. Después, les diría que el verdadero riesgo es la falta de autonomía con la que muchos alumnos excelentes llegan hoy a la universidad. Es completamente natural sentir vértigo, pero una experiencia internacional estructurada no desvincula al estudiante de los estudios, al contrario, le dota de un propósito claro y de bienestar emocional. Según nuestro informe Global Youth Resilience Index, los jóvenes con experiencia internacional presentan mayores niveles de fortaleza emocional y capacidad de adaptación reforzando su resiliencia. La inmersión cultural y lingüística no solo mejora competencias académicas, sino que actúa como catalizador de confianza, autonomía y bienestar emocional. Beneficios que el estudiante no sólo tiene durante su periodo fuera, sino que le acompañan en su regreso con crecimientos notables en áreas como la disciplina, la independencia, y la estabilidad emocional. Además de dotarles del dominio de un nuevo idioma, lo que también les genera mayor seguridad.
¿Cómo se detecta que un estudiante está “quemado” después del Bachillerato y quizá no está preparado emocionalmente para afrontar la universidad?
No creo que haya una guía exacta para poder detectar esto porque cada estudiante es diferente. Lo más importante es ofrecerles un entorno de seguridad y confianza donde se encuentren cómodos para poder expresar sus sentimientos, dudas, miedos, etc. No podemos olvidar que estamos ante un momento vital de suma importancia para ellos. En cualquier caso, según nuestra experiencia a lo largo de muchos años tratando con jóvenes estudiantes en nuestras ferias, sí que vemos una serie de indicadores que se repiten con bastante frecuencia y que pueden dar pista al entorno del estudiante acerca de si se siente “quemado”.
El primer indicador es la apatía intelectual, ver que un alumno brillante pierde por completo la curiosidad y empieza a percibir el estudio como una carga insoportable en lugar de como un reto estimulante. También se manifiesta a través de una parálisis emocional y una ansiedad constante acompañada de un "no sé" repetitivo ante cualquier pregunta sobre su futuro. Si a esto le sumamos que el salto a la universidad suele implicar salir de casa y gestionar la propia vida de forma independiente, la presión puede ser excesiva si antes no se ha trabajado la autonomía práctica más básica.
En un momento en el que se habla tanto de empleabilidad, ¿puede aportar más valor una experiencia internacional —idioma, autonomía, adaptación— que entrar deprisa en un grado elegido por inercia?
Totalmente. En el mercado laboral globalizado actual, muchas empresas ya no se detienen a mirar la nota de la PAU, lo que demandan son perfiles resilientes, capaces de adaptarse al cambio, con pensamiento crítico y habilidades interculturales. Un joven que ha vivido en el extranjero, que ha resuelto conflictos en otro idioma y que ha gestionado su propia economía demuestra una madurez y un catalizador de confianza que no se pueden aprender de forma teórica en un pupitre. Entrar deprisa en un grado por inercia suele generar currículums planos. Salir al mundo genera perfiles diferenciales.
¿Qué aprenden los jóvenes cuando estudian o viven fuera que difícilmente pueden aprender en un aula española tradicional?
Aprenden a enfrentarse a la diferencia, a gestionar la incertidumbre y, en última instancia, a conocerse a sí mismos. El aula tradicional entrena la memoria a corto plazo y la capacidad de esfuerzo teórico, que son necesarias. Sin embargo, la inmersión cultural en entornos diversos es la que verdaderamente desarrolla la resiliencia, la gestión del presupuesto diario y la resolución de imprevistos reales. Vivir fuera les enseña a ser los directores de su propia vida.
España sigue teniendo un problema importante de abandono universitario y cambios de carrera. ¿Cree que una mejor orientación previa y una pausa bien diseñada podrían reducir ese fracaso?
Sí, la pausa estratégica actúa precisamente como un filtro de seguridad crucial. Gran parte del abandono universitario en España no se debe a la falta de capacidad académica, sino a la falta de madurez vocacional y al agotamiento psicológico con el que se arranca la carrera. Si ofreciéramos a los estudiantes una orientación más informada y flexible, permitiéndoles tomar aire y consolidar competencias lingüísticas y personales antes de elegir, las tasas de abandono caerían drásticamente. En International High School Fair trabajamos precisamente para romper esa rigidez que tanto penaliza las trayectorias de nuestros jóvenes ofreciéndoles nuevas vías para su desarrollo personal y profesional.
Tomar distancia de la rueda académica permite a los jóvenes desarrollar competencias que la PAU no evalúa como la autonomía, la resiliencia, la capacidad de resolución de problemas sin el paraguas familiar y, sobre todo, la claridad vocacional. A veces, la mejor forma de asegurar que un estudiante termine su carrera con éxito es permitiéndole que la empiece con convicción, y no por presión social.
La nota de la PAU sigue pesando mucho en la autoestima de muchos estudiantes. ¿Estamos convirtiendo un examen en una especie de sentencia sobre su futuro?
Lamentablemente, así es. Hemos convertido una prueba que mide la retención memorística a corto plazo en un baremo que los jóvenes confunden con su valor personal o su proyección de éxito profesional. Una nota alta no garantiza que vayas a ser un buen profesional, ni una baja te condena al fracaso. El sistema actual castiga el currículum si este no se dibuja en una línea recta y perfecta. Debemos recordar a los estudiantes —y a sus familias— que la educación es un maratón de fondo, no un sprint de cien metros.
Debemos dejar de ver la educación como una cadena de montaje. Un año de maduración no es una interrupción, sino una inversión en salud mental y éxito futuro. Permitir que un joven se detenga a mirar el mapa antes de elegir el camino no le hace ir más lento, le hace llegar más lejos, con más fuerza y, sobre todo, con las ideas más claras. Al final, el objetivo de la educación no es solo producir graduados, sino formar adultos preparados para la vida.
Pensando en un estudiante de 17 o 18 años que ahora mismo está bloqueado, con ansiedad y sin tener claro qué estudiar, ¿cuál sería su primer consejo práctico?
Mi primer consejo es que se pare a pensar, que respire y valide lo que siente. Que lo hable abiertamente con su entorno familiar, que busque ayuda y que entienda que es completamente normal estar bloqueado cuando te piden decidir el resto de tu vida con 17 años o 18 años. Le diría que no tenga miedo de dar un paso a un lado para tomar verdadero impulso. Que busque espacios como International High School Fair (IHSF), donde ayudamos a los jóvenes a entender que hay múltiples itinerarios internacionales y flexibles esperándoles. Que aproveche este momento para hacer un "reseteo emocional", salir de su entorno habitual y consolidar un idioma fuera de España. Y, sobre todo, que sienta que no está solo en este momento tan importante de su vida. Al final, lo importante no es empezar el primero la universidad, sino empezarla sabiendo quién eres y qué es lo que buscas.