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PAU y Vocación

¿De verdad alguien cree seriamente que un alumno con un 13,214 está preparado para una carrera y otro con un 13,198 no lo está?
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(Foto: Imagen generada por IA - Cibeles.net)

¿De verdad alguien cree seriamente que un alumno con un 13,214 está preparado para una carrera y otro con un 13,198 no lo está?

Por Gonzalo Gómez-del Estal
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gonzaloiymagazinees/7/7/18

Hay algo profundamente tramposo en llamar “prueba de acceso” a un examen que, en realidad, funciona como una gigantesca máquina de ordenar adolescentes por décimas. La antigua Selectividad, rebautizada ahora como PAU, sigue siendo presentada como un mecanismo objetivo, justo y necesario para decidir quién entra en la universidad pública y quién se queda fuera. Pero quizá ha llegado el momento de preguntarse, sin miedo y sin nostalgia, si esta prueba mide realmente la capacidad de un alumno para cursar una carrera o si simplemente sirve para administrar la escasez de plazas bajo una apariencia de meritocracia.

La PAU no selecciona tanto por talento como por resistencia. Premia al estudiante capaz de aguantar dos años de Bachillerato bajo presión, memorizar contenidos, controlar los nervios durante varios días de exámenes y, sobre todo, no fallar en el momento exacto. Porque ahí está una de sus grandes injusticias: años de esfuerzo pueden quedar condicionados por una mala mañana, por ansiedad, por cansancio, por un bloqueo o por un examen especialmente retorcido. Y, sin embargo, esa nota puede marcar el futuro académico y profesional de un joven de 17 o 18 años.

Se nos dice que las notas de corte son la consecuencia natural de la demanda. Que Medicina, Ingeniería, Matemáticas, Comunicación Audiovisual o cualquier otro grado tensionado no pueden absorber a todos los aspirantes. Correcto. El problema es otro: hemos convertido esa limitación de plazas en una competición quirúrgica donde la diferencia entre entrar o no entrar puede estar en una centésima. Una centésima. ¿De verdad alguien cree seriamente que un alumno con un 13,214 está preparado para una carrera y otro con un 13,198 no lo está?

La nota de corte no mide vocación. No mide madurez. No mide pensamiento crítico. No mide creatividad. No mide capacidad de trabajo en equipo. No mide empatía, curiosidad, resiliencia ni criterio. Mide, en el mejor de los casos, rendimiento académico acumulado y desempeño puntual en una prueba estandarizada. Y eso puede ser útil como referencia, pero resulta bastante pobre como pasaporte único hacia la universidad pública.

Además, la PAU tiene un sesgo silencioso del que se habla poco: no todos los alumnos llegan en las mismas condiciones. Hay familias que pueden pagar academias, profesores particulares, simulacros, orientación personalizada y hasta preparación psicológica. Otras no. Hay estudiantes que viven en entornos estables y otros que compatibilizan estudios con problemas familiares, económicos o personales. Luego colocamos a todos en la misma línea de salida y lo llamamos igualdad de oportunidades. Suena bien. Pero no siempre es verdad.

El sistema también empuja a los jóvenes a elegir carrera no por deseo, sino por puntuación. “Con tu nota puedes entrar en esto”. “Para eso no te llega”. “Aprovecha que tienes media alta”. Como si la vocación fuese una subasta académica y no una decisión vital. Así, algunos terminan estudiando lo que les permite su expediente y otros descartan sueños legítimos porque el mercado de las notas les dejó fuera por unas décimas.

La universidad pública necesita criterios de acceso, por supuesto. Nadie discute eso. Lo discutible es que sigamos aceptando casi sin debate que una prueba masiva, heredera directa de una lógica del siglo pasado, sea la herramienta principal para decidir el futuro de miles de jóvenes en una sociedad que dice necesitar talento diverso, pensamiento crítico, innovación y perfiles menos encorsetados.

Quizá habría que combinar la PAU con otros elementos: entrevistas, pruebas específicas por áreas de conocimiento, evaluación de competencias, expedientes contextualizados, itinerarios de acceso progresivos o incluso sistemas que permitan demostrar capacidad durante el primer curso universitario. No se trata de regalar plazas ni de rebajar exigencias. Se trata de exigir mejor. De medir mejor. De seleccionar mejor.

Porque el problema no es que la PAU sea difícil. La vida también lo es. El problema es que quizá no es suficientemente inteligente. Y un país que pretende preparar a sus jóvenes para un mundo cambiante no debería seguir fiando su futuro a un embudo académico donde una décima puede pesar más que una vocación.

La antigua Selectividad cambió de nombre, pero no parece haber cambiado de alma. Sigue siendo una frontera, una carrera de nervios y una fábrica de frustración para miles de estudiantes. Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos quién “da la nota” y empezar a preguntarnos si el sistema está dando la talla.

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