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PAU o el milagro educativo español: aprueban casi todos, aprende quien puede
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(Foto: Imagen generada por IA - Cibeles.net)

PAU o el milagro educativo español: aprueban casi todos, aprende quien puede

Por Gonzalo Gómez-del Estal
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gonzaloiymagazinees/7/7/18

España ha convertido la antigua Selectividad en una liturgia de nervios, lágrimas, pantallas colapsadas y, al final, aprobados por aplastamiento. La PAU 2026 vuelve a dejar porcentajes que harían palidecer a cualquier oposición seria: más del 90% en muchos territorios y Madrid rozando el 95%. La pregunta incómoda es evidente: ¿selecciona algo esta prueba o solo ordena la cola universitaria?

Durante décadas nos vendieron la Selectividad como el gran rito de paso hacia la madurez académica. El Rubicón juvenil. El examen que separaba el trigo de la paja, el esfuerzo del postureo, el futuro universitario del “ya veremos qué hacemos contigo en septiembre”. Pero la nueva PAU, envuelta en lenguaje competencial, rúbricas pedagógicas y una liturgia administrativa cada vez más sofisticada, empieza a parecer otra cosa: una ceremonia nacional de validación colectiva.

Que nadie se lleve las manos a la cabeza: no se trata de atacar a los estudiantes. Bastante tienen con sobrevivir a dos años de Bachillerato, a padres ansiosos, orientadores desbordados, rankings universitarios y a esa industria del miedo que convierte cada décima en una tragedia familiar. El problema no son ellos. El problema es un sistema que presume de filtro cuando los datos parecen hablar de pasarela.

Madrid ha comunicado un 95,1% de aprobados en la convocatoria ordinaria. En Málaga aprueba el 91,33%. En Córdoba, el 91,15%. En Castilla y León se ha llegado al 98,27%.

Son cifras magníficas si hablamos de felicidad estadística. Son cifras inquietantes si hablamos de evaluación real. Porque cuando casi todos superan una prueba que supuestamente debe medir la preparación para la universidad, quizá la prueba ya no selecciona: simplemente certifica el final del trámite.

La trampa está en que la PAU no decide realmente quién entra en la universidad. Decide, con suerte, quién puede seguir compitiendo. El verdadero monstruo está después: notas de corte disparadas, grados con barreras superiores a 13 sobre 14 y familias descubriendo que aprobar ya no basta. Hemos creado una selectividad que no selecciona y una universidad pública que selecciona por escasez de plazas.

La ironía es cruel: nunca aprobaron tantos y nunca fue tan difícil entrar donde uno quiere. Quizá por eso seguimos llamándola prueba de acceso, cuando debería llamarse prueba de acompañamiento emocional con efectos administrativos.

La PAU necesita menos maquillaje pedagógico y más honestidad. O sirve para evaluar de verdad, o dejemos de fingir que es el gran examen nacional. Porque un país donde aprueban casi todos puede ser un éxito educativo. O una forma muy española de no querer mirar el suspenso del sistema.

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