La covid persistente, una condición que afecta a miles de personas, continúa siendo un desafío significativo en el ámbito de la salud pública, incluso cuando la pandemia ha dejado de ser el tema central del debate social. Esta afección, que carece de criterios diagnósticos claros, se manifiesta a través de síntomas variados y prolongados que impactan profundamente en la salud y el bienestar social de quienes la padecen. Se ha convertido en un reto sanitario que demanda respuestas coordinadas desde diferentes frentes.
En este contexto, diversos grupos de investigación están trabajando para comprender mejor esta enfermedad. Uno de ellos es el equipo LaNCE-Neuropharm, dirigido por el profesor e investigador José Vicente Lafuente. Este grupo ha estado estudiando durante años enfermedades asociadas con la fatiga persistente y alteraciones cognitivas.
Investigación sobre la covid persistente
Desde 2015, el equipo se ha centrado en el síndrome de fatiga crónica. Con la llegada del Covid-19, notaron que algunos pacientes presentaban síntomas muy similares. Ambas condiciones comparten características evidentes: son problemas complejos con síntomas específicos, pero su diagnóstico sigue siendo complicado y su pronóstico incierto. Esto resalta la necesidad urgente de profundizar en su comprensión.
“No hay consenso sobre la definición de esta enfermedad”, señala Lafuente. Esta falta de acuerdo tiene consecuencias directas en los pacientes, ya que muchos solo obtienen un diagnóstico tras descartar otras posibles causas después de un largo recorrido médico. “Actualmente no existe una prueba objetiva que confirme si alguien padece covid persistente”, añade, lo cual aumenta la incertidumbre y el sentimiento de desamparo entre los afectados.
José Vicente Lafuente: «Es una enfermedad aún sin nombre claro, pero con efectos muy reales»
Dificultades en el diagnóstico y sus consecuencias
Aproximadamente el 10% de las personas que han superado la infección por Covid-19 no logran recuperar completamente su normalidad tras la fase aguda. Después de doce semanas, continúan experimentando síntomas durante meses sin otra explicación médica. La covid persistente puede manifestarse con más de 200 síntomas diferentes, los cuales varían en aparición y cambian con el tiempo. Los más comunes incluyen fatiga persistente, dificultad para respirar, problemas de memoria y concentración, trastornos del sueño, así como dolores musculares o articulares. “La calidad de vida se deteriora hasta afectar aspectos familiares, laborales y sociales”, advierte Lafuente.
Los estudios también revelan una notable desigualdad de género: casi ocho de cada diez afectados son mujeres, con una edad media alrededor de los 43 años. No haberse vacunado o tener problemas médicos previos incrementa el riesgo; muchas personas enfrentan limitaciones funcionales significativas que dificultan mantener sus actividades diarias y profesionales.
Paralelamente, el grupo LaNCE-Neuropharm participa en el proyecto estatal REICOP, cuyo objetivo es desarrollar un registro clínico nacional para pacientes con covid persistente.
Lafuente: «La calidad de vida se deteriora hasta afectar la vida familiar, laboral y social»
Causas invisibles y sus repercusiones académicas
Desde una perspectiva socioeducativa, la investigadora Nahia Idoiaga, perteneciente a la Facultad de Educación de Bilbao, estudia cómo las enfermedades invisibles afectan al bienestar y las oportunidades educativas. Su investigación se ha enfocado en los efectos psicosociales del Covid-19 en niños y cómo se construyen socialmente los discursos sobre estas enfermedades.
IDoiaga sitúa la covid persistente dentro del marco más amplio de las enfermedades crónicas e invisibles que pueden impactar significativamente en la vida diaria pero a menudo son poco reconocidas. “Hay un cansancio colectivo respecto al covid que contribuye a percibirlo como algo superado”, explica Idoiaga, lo cual invisibiliza a quienes sufren secuelas duraderas.
Efectos psicológicos derivados del sufrimiento continuo
La dimensión emocional es crucial para entender el impacto total de esta enfermedad. La profesora Karmele Salaberria, del Departamento de Psicología Clínica y Metodología de Investigación en la EHU, aborda esta problemática desde su experiencia con enfermedades crónicas. “Vivir años con síntomas persistentes sin un diagnóstico claro genera ansiedad, depresión y dificultades cognitivas”, explica.
El proceso por consultas médicas y la sensación constante de no ser creídos agravan aún más el malestar general. “La falta de atención rápida genera frustración e impotencia”, señala Salaberria, lo que empeora tanto los síntomas físicos como psicológicos.
Karmele Salaberria: «Escuchar, acompañar y validar el sufrimiento es fundamental»
Toda esta situación puede afectar negativamente a la autoestima e inducir al aislamiento social, obligando a las personas a redefinir su vida cotidiana. Salaberria aboga por un enfoque integral en atención psicológica que combine apoyo emocional con estrategias para afrontar dolor y ansiedad: “Se trata de aprender a vivir diferente mientras se busca alcanzar el mayor nivel posible de recuperación”. También destaca que fenómenos similares ocurren con otras enfermedades invisibles como la fibromialgia o síndromes relacionados con dolor crónico.