La creciente prevalencia de la obesidad se ha convertido en uno de los principales problemas de salud pública a nivel global. En Estados Unidos, más del 40 % de la población adulta presenta obesidad, mientras que en Europa, aunque el porcentaje es inferior, cerca del 60 % de la población sufre de exceso de peso. A pesar de que las intervenciones basadas en cambios de estilo de vida, como el aumento de la actividad física y la reducción de la ingesta calórica, son consideradas la primera opción terapéutica, mantener estos cambios a largo plazo representa un desafío significativo.
Un reciente estudio realizado por un equipo liderado por Miguel Ángel Rojo-Tirado, junto a Deng Wang y Peter T. Katzmarzyk, ha analizado cómo varían la actividad física y el consumo de grasa durante un periodo de dos años en adultos que participaron en un programa estructurado para perder peso conocido como el ensayo PROPEL. Este programa fue desarrollado en clínicas de atención primaria en Estados Unidos con la colaboración del Pennington Biomedical Research Center y la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). Los hallazgos subrayan la necesidad urgente de diseñar intervenciones más personalizadas que fomenten cambios duraderos en los hábitos alimenticios y físicos.
Análisis exhaustivo sobre hábitos alimenticios y actividad física
Para entender mejor los retos asociados a la pérdida de peso y su mantenimiento, los investigadores examinaron datos de 439 adultos que participaron durante dos años en un programa intensivo que combinaba sesiones presenciales y telefónicas, seguimiento digital y objetivos específicos. Entre estos objetivos se incluía perder al menos un 10 % del peso corporal en los primeros seis meses y alcanzar un mínimo de 175 minutos semanales dedicados a actividad física moderada o vigorosa.
A través del análisis detallado, se identificaron cinco trayectorias conductuales distintas. Un primer grupo mostró una actividad física moderada junto con una reducción inicial del consumo graso; sin embargo, estas mejoras se estabilizaron con el tiempo. Otro grupo presentó baja actividad física y una dieta irregular, experimentando fluctuaciones en su ingesta graso. El grupo más numeroso combinó altos niveles de actividad física con menor consumo graso, aunque se observó una disminución en su actividad tras los primeros seis meses. Un cuarto patrón evidenció un aumento inicial tanto en actividad como en calidad dietética, seguido por un retroceso hacia hábitos menos saludables. Por último, un grupo más pequeño —con mayor proporción de personas diabéticas— mostró escasos cambios, manteniéndose inactivo y con alta ingesta graso.
Estrategias personalizadas para resultados sostenibles
Estos resultados ponen en evidencia que no existe una única estrategia efectiva para todas las personas que buscan perder peso. Según los investigadores, “identificar las diferentes trayectorias ayuda a comprender por qué algunas personas logran mantener hábitos saludables mientras que otras no lo hacen”. Además, enfatizan que los primeros seis meses del programa son críticos para consolidar cambios tanto en dieta como en actividad física.
Los hallazgos han sido publicados en Annals of Behavioral Medicine, revista científica editada por Oxford University Press en nombre de la Society of Behavioral Medicine (SBM). Los autores subrayan la importancia de avanzar hacia programas más eficaces para la pérdida de peso que integren tecnologías móviles y sistemas automatizados de seguimiento, así como apoyo continuo a lo largo del tiempo. La adaptación de objetivos a las características individuales podría ser clave para lograr resultados sostenibles y contribuir a frenar esta epidemia que afecta a millones alrededor del mundo.